La pobreza en Panamá no es una abstracción estadística: se vive en el lodo de Gariché, en las escuelas rurales sin recursos y en los hogares donde cualquier imprevisto hunde el presupuesto del mes. El columnista de Panamá América lo recordó este 6 de noviembre con una crónica personal que conecta su infancia entre Chiriquí y La Chorrera con los problemas estructurales que el país sigue sin resolver: pobreza, hambre, desempleo y desorden.
Su testimonio es duro y concreto. Describe al niño que fue, desnutrido y enfermizo, atormentado por las amebas, caminando hacia la escuela de Manaca Civil con las piernas enterradas en el lodazal. Ese cuadro no pertenece al pasado remoto de un país que hoy presume de crecimiento; es el espejo de zonas donde el Estado sigue llegando tarde o no llega.
El hambre no se mide con planillas, se percibe en las casas
El debate público suele reducir la pobreza al desempleo, como si tener un trabajo garantizara de inmediato estabilidad económica. No es así. Como advierte El Faradio en un análisis reciente, detrás de cada cifra hay familias que ajustan cada gasto y personas que trabajan sin conseguir salir del apuro, porque el empleo que existe es precario, mal pagado o intermitente.
En la misma línea, El Nuevo Diario sostiene que el hambre se intenta encasillar fríamente en los parámetros de la economía estructural, maquillada por la administración de turno. La desigualdad en la distribución de la riqueza, los salarios de miseria, la corrupción endémica y la falta de fuentes de empleo reales impiden dinamizar la economía para suprimir esta calamidad, señala ese medio.
Panamá conoce bien esa trampa. El país crece, el canal mueve la renta logística y la inversión extranjera sigue entrando, pero el crecimiento no se derrama por sí solo hacia Arraiján, La Chorrera o las comarcas. Sin políticas focalizadas, la bonanza se queda en la franja interoceánica y el resto del territorio compite por las migajas.
La desigualdad también golpea a las economías ricas
Que el fenómeno no es exclusivo de América Latina lo demuestran los datos europeos más recientes. Según El Faradio, que recoge el Informe de la Pobreza 2026 de CCOO, en Madrid 1.370.000 personas están en riesgo de pobreza o exclusión social, el 53,3% de ellas mujeres, pese a tratarse de la comunidad más rica del Estado español. La tasa AROPE de la región, del 19,4%, supera a la de comunidades como Navarra o el País Vasco.
La lección para Panamá es clara: el tamaño del pastel no garantiza el reparto. Sin transparencia en el gasto público y sin mecanismos que obliguen a medir la pobreza con seriedad, cualquier gobierno puede presumir de promedios mientras los barrios populares se hunden.
El peso de los cuidados y la exclusión laboral femenina
Otra arista del problema la aporta Córdoba Hoy: una encuesta a 210 madres andaluzas en situación de desempleo concluye que el 76% depende de ayuda familiar, institucional o social para sostener su hogar. Los testimonios muestran cómo la insuficiencia de ingresos, la falta de apoyos para los cuidados y los obstáculos para acceder al mercado laboral se refuerzan entre sí y prolongan la dependencia económica.
Ese patrón se replica en Panamá con nombres propios. Miles de mujeres jefas de hogar combinan trabajos informales, cuidado de niños y adultos mayores, y transporte caro e ineficiente. Cuando el Estado no provee ni guarderías dignas ni transporte público serio, el resultado es previsible: pobreza heredada de generación en generación.
Del rancho de pencas al Estado que no llega
Hay un detalle en la crónica de Panamá América que merece subrayarse. El columnista recuerda que el doctor González Revilla combatió sus amebas con un remedio de dos meses: caldo de poroto sin sal y plátano verde majado. La anécdota habla de una medicina improvisada por necesidad, en un país donde hoy, décadas después, el acceso a la salud sigue siendo un privilegio según el código postal.
También recuerda a las maestras de Manaca Civil, que con el librito 'Quiero Aprender' y cantos del abecedario lograban que los niños leyeran en dos meses. Ese esfuerzo docente compensaba, a medias, la ausencia del Estado. La pregunta incómoda es cuánto ha cambiado esa ecuación en los campos chiricanos y en los corregimientos chorreranos.
El propio columnista lo resume con una sentencia que funciona como diagnóstico nacional: 'Una cosa es ver los toros desde la barrera y otra estar con ellos dentro de esa misma barrera'. Los técnicos que diseñan las políticas sociales desde escritorios con aire acondicionado rara vez han caminado por el lodazal que él describe.
Qué debe hacer Panamá
La agenda es conocida y no requiere inventos. Primero, medir la pobreza con datos públicos, desagregados y auditables, porque lo que no se mide no se gobierna. Segundo, focalizar el gasto social en los territorios donde se concentra la exclusión, en lugar de repartirlo según el calendario electoral. Tercero, ordenar el mercado laboral para que el empleo formal deje de ser una lotería y los salarios dejen de ser de miseria.
Un país que administra la ruta comercial más importante del hemisferio no puede seguir tratando el hambre infantil como una anécdota del pasado. La memoria del columnista chiricano y chorrerano pesa como cadenas de hierro, escribió él mismo; la pregunta es si el Estado panameño seguirá añadiendo eslabones o, por fin, los romperá con hechos y no con discursos.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice la crónica publicada en Panamá América?
El columnista relata su infancia entre Gariché y La Chorrera, marcada por la desnutrición y la falta de servicios, y la conecta con los problemas actuales de pobreza, hambre, desempleo y desorden que persisten en Panamá.
¿Por qué el desempleo no explica todo el fenómeno de la pobreza?
Porque muchas personas trabajan y siguen siendo pobres, según análisis de El Faradio y El Nuevo Diario: los salarios bajos, la precariedad y la desigualdad en la distribución de la riqueza mantienen a los hogares en exclusión aunque haya empleo.
¿Qué muestran los datos europeos sobre pobreza?
El Informe de la Pobreza 2026 de CCOO cifra en 1.370.000 las personas en riesgo de pobreza o exclusión en Madrid, la comunidad más rica de España, lo que demuestra que el crecimiento por sí solo no garantiza el reparto de la riqueza.
