Ayn Rand, Greenspan y el costo real de la desregulación dogmática
Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de EE.UU. entre 1987 y 2006, aplicó con devoción los principios de Ayn Rand sobre la autorregulación de los mercados. El resultado fue la crisis financiera global de 2008, millones de familias desahuciadas y su propia confesión ante el Congreso de que su modelo teórico tenía un fallo estructural. Para economías abiertas como la de Panamá, la lección es contundente: los mercados necesitan reglas claras, no fe ciega.
Quién era Ayn Rand y por qué importa su influencia en la economía global
En la ceremonia de investidura de Ronald Reagan, Ayn Rand observaba con expresión satisfecha. No era una visita de cortesía. Era su consagración histórica. Greenspan había sido durante años uno de los discípulos más devotos de su círculo íntimo, un grupo que ella misma bautizó con ironía como «el Colectivo»: se reunían precisamente para celebrar el individualismo más intransigente.
En el apartamento neoyorquino de esta predicadora ruso-americana, Greenspan escuchaba conferencias sobre la virtud del egoísmo, la maldad intrínseca del Estado y la superioridad moral de los ricos y poderosos. El alumno ejemplar tomaba notas. No solo aprendía. Sobre todo, creía.
Lo que Rand pregonaba no era pensamiento económico técnico. Era teología laica construida sobre un axioma nihilista: el individuo es el fin supremo de la existencia, y cualquier limitación externa a su voluntad constituye esclavitud totalitaria. Sus novelas, El manantial y La rebelión de Atlas, funcionaban como catecismos. Y Greenspan los había leído con devoción.
Lo que casi nadie señala es que el fanatismo capitalista de Rand resultaba estructuralmente idéntico al fanatismo anticapitalista de los bolcheviques que arruinaron a su familia. Distinto signo, mismo fondo: una verdad absoluta y la certeza de que cualquier medio se justifica por la pureza del fin.
Los 20 años en que Greenspan movió el mundo con una ceja alzada
Greenspan no fue un tecnócrata del montón. Fue el hombre más poderoso de la economía mundial durante casi dos décadas. Entre 1987 y 2006 presidió la Reserva Federal de Estados Unidos, el banco central que fija los tipos de interés del dólar y determina el pulso financiero del planeta.
Ningún ministro de Economía, ningún director del FMI, ningún primer ministro europeo tenía poder comparable. Greenspan movía mercados con un gesto. Los analistas de Wall Street descifraban sus declaraciones como textos bíblicos.
Y ese hombre había aprendido Economía en el apartamento de una pensadora que consideraba que los impuestos son un robo y la justicia social una droga adictiva para el pobre.
Cómo la desregulación financiera preparó la catástrofe de 2008
Durante sus años al frente de la Fed, Greenspan aplicó con disciplina sacerdotal los principios aprendidos junto a Rand: los mercados se autorregulan, el Estado es siempre demoníaco, y la codicia sin límites constituye virtud moral.
Bajo su mandato, se desmantelaron las barreras entre banca comercial y banca de inversión heredadas del New Deal. Ocurrió con Clinton en la Casa Blanca, no con Reagan. Se permitió la expansión sin control del mercado de derivados financieros, instrumentos de complejidad matemática tan extrema que nadie podía entender lo que se hacía con ellos, que era exactamente de lo que se trataba.
Cuando algunos economistas advirtieron del peligro, Greenspan los despachó con condescendencia: el mercado ya corregiría los excesos, como siempre había hecho, como siempre haría.
Se miró hacia otro lado mientras los bancos empaquetaban hipotecas basura y las vendían como activos triple A. Greenspan lo sabía. O debía saberlo. Pero su ideología le impedía verlo. Si el mercado lo aceptaba, el mercado tenía razón. Esa era la verdad revelada.
Y el mercado, finalmente, se autorreguló. Lo hizo a su manera: quebrando. En 2008, el sistema que Greenspan había tutelado durante casi dos décadas se desintegró en apenas una semana. Los bancos demasiado grandes para quebrar, quebraron. El crédito se congeló. Millones de familias perdieron sus casas. El desempleo en Estados Unidos alcanzó niveles que no se veían desde los años treinta. Y el rescate lo pagó la gente común, los mismos que no saben que el mercado es infalible si se le deja a su libre albedrío.
La confesión de Greenspan ante el Congreso de EE.UU.
En octubre de 2008, Greenspan compareció ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes. El congresista Henry Waxman le preguntó si su visión del mundo, su ideología, había resultado equivocada.
Greenspan respondió:
«Sí. He encontrado un fallo. No sé hasta qué punto es significativo o duradero, pero me ha dejado muy perturbado.»<
Un fallo. Cuarenta años de devoción intelectual, veinte años de poder sin límites, una crisis global que empobrecería a cientos de millones de personas. Y al final, un fallo.
La hipocresía de los profetas del libre mercado: Rand y Hayek vivieron del Estado
Ayn Rand murió en 1982, antes de ver el desastre. Pero hay un detalle que sus hagiógrafos omiten: en sus últimos años, enferma y sin dinero, se acogió a Medicare y a la Seguridad Social, los dos programas que había dedicado su vida a denunciar como símbolos del demonio colectivista. La gran sacerdotisa del egoísmo radical murió auxiliada por el Estado.
No fue la única. Friedrich Hayek, el otro gran profeta de la desregulación, hizo exactamente lo mismo. El multimillonario libertario Charles Koch le escribió para convencerle de instalarse en Estados Unidos, asegurándole que Medicare y la Seguridad Social financiarían su costoso tratamiento médico. Esto ocurrió años después de que Hayek dedicara un capítulo entero de La constitución de la libertad a denunciar el Estado del bienestar como camino directo a la tiranía.
Qué significa todo esto para Panamá y el comercio internacional
Greenspan sobrevivió para ver el desastre. Cobraba conferencias de seis cifras. Seguía publicando libros. Y en sus memorias sostuvo que nadie podría haber previsto lo que ocurrió.
Hay que reconocerle, sin embargo, una virtud: la honestidad intelectual. En un mundo donde los ideólogos del mercado libre llevan décadas explicando sus fracasos como consecuencia de no haber aplicado el dogma con suficiente radicalidad, Greenspan hizo algo insólito. Se sentó ante el Congreso, confesó que su edificio teórico tenía un fallo estructural, y no buscó excusas. Era tarde. El daño estaba hecho.
Pero al menos tuvo el valor de decir en voz alta lo que sus colegas siguen negando: que la utopía de los mercados desregulados no era ciencia. Era charlatanería. Elegante, matemáticamente sofisticada, institucionalmente respaldada. Pero charlatanería al fin.
Para un país como Panamá, cuya economía depende del libre comercio, la logística del Canal y la confianza internacional, la lección es directa. Los mercados abiertos y la integración global son motores de prosperidad, pero requieren marcos regulatorios transparentes y efectivos. La desregulación dogmática no es apertura comercial. Es negligencia disfrazada de ideología. Y cuando falla, como falló en 2008, quienes pagan son siempre los mismos: los de abajo.
¿Qué fue la crisis financiera de 2008?
La crisis financiera de 2008 fue el colapso del sistema bancario estadounidense y global, provocado por la desregulación de los mercados de derivados, la venta masiva de hipotecas basura empaquetadas como activos seguros y la quiebra de bancos demasiado grandes para caer. El desempleo en EE.UU. alcanzó niveles no vistos desde la Gran Depresión y millones de familias perdieron sus viviendas.
¿Quién es Alan Greenspan y qué papel jugó en la crisis?
Alan Greenspan fue presidente de la Reserva Federal de EE.UU. entre 1987 y 2006. Durante su mandato promovió la desregulación financiera inspirada en la filosofía de Ayn Rand, permitió la expansión incontrolada de los derivados y desmanteló barreras regulatorias clave. En 2008, confesó ante el Congreso que su modelo ideológico tenía un fallo estructural.
¿Por qué Ayn Rand es relevante para la economía actual?
Ayn Rand influyó en generaciones de políticos y economistas con su defensa del individualismo radical y la desregulación total. Su pensamiento inspiró políticas que desmantelaron controles financieros en EE.UU. y otros países. Irónicamente, Rand terminó dependiendo de los programas estatales que tanto criticó, Medicare y Seguridad Social, en sus últimos años de vida.
¿Qué lecciones saca Panamá de la crisis de 2008?
Panamá, como economía abierta dependiente del comercio internacional y el Canal, necesita marcos regulatorios sólidos para proteger su sistema financiero y su credibilidad internacional. La crisis de 2008 demuestra que la apertura comercial funciona cuando va acompañada de transparencia y supervisión, no cuando se confunde desregulación con libertad de mercado.